May 9, 2009

Quien algo quiere, algo le cuesta. Varios de mis colegas flipan con que vaya a nadar después de currar. Yo fliparía también si no fuera porque (1) me he acostumbrado a nadar y a los trayectos en metro y a pata y (2) me gusta verme bien en el espejo, en cualquier espejo.

Pero vamos, es un coñazo, me canso mucho, me pesa todo el cuerpo, paso mi día en lugares húmedos, mal ventilados y llenos de bacterias como mi casa, la piscina, el metro y la oficina, salgo del piso a las 9 y vuelvo a las 21, y encima me pongo malo con frecuencia, he perdido un poco de audición en el oido derecho y me quedé mudo tres días por esas bacterias que os digo. ¡Y sigo yendo! ¡Y me gusta! ¡Joder, tengo mogollón de vídeos de natación en youtube y me los veo una y otra vez! Y lo mejor es que nado mal.

Por qué voy, maldita sea. ¿Es una droga que echan al agua? O una pequeña pasión inesperada y una victoria sobre mí mismo, sobre mi vagueza extrema. Un ejemplo de lo que nos gusta que nos duela, del valor que viene con el esfuerzo. O de lo poco que importa el dolor si es por una buena causa, una causa buena para nosotros o para quien queremos. El sacrificio por aquello que lo merece. ¿De cuántas maneras se puede decir?

Qué chorrada de pensamiento, ¿verdad? Pero me llama la atención que el dolor y el placer (¿lo malo y lo bueno?) vayan tan de la mano, siempre, en lo más bajo y lo más alto. Nos sacrificamos por nuestra debilidades y por aquello que nos hace grandes. Somos oxímorones con patas.

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